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LIBRO SEGUNDO: La Doctrina Tocante Á Dios

Introducción: El Deber De El Amor Á Dios

    "Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todo tu poder" (Deuteronomio 6:5). En esta manera la Biblia nos manda el primero de todos los deberes. Ningunas razones son asignadas por el requisito. Ninguna prueba es aducida de que Dios existe, o que él posee tales perfecciones que lo intitulan al amor supremo de sus criaturas. Jehová se pone delante de sus súbditos de su gobierno y publica su mandamiento. Él no espera por ninguna introducción formal. Él levanta su voz con majestad. Sin ninguna promesa, y sin ninguna amenanza, él proclama su ley, y deja a sus súbditos a sus responsabilidades.

    De la manera de este anuncio, podemos derivar instrucción. No es necesario que entremos en una demostración formal de que  Dios existe, o una investigación formal de sus atributos, antes de empezar el deber de amarle. Ya sabemos suficiente de él para esto; y en posponer el hacer de este deber hasta completar nuestras investigaciones, es de comenzarlos con corazones profanos, y en rebeldía contra Dios. Desde el amanecer de nuestro ser hemos tenido demostraciones de la existencia y el carácter de Dios, alumbrando alrededor de nosotros como la luz del mediodía. Los cielos y la tierra han declarado su gloria; sus ministros y pueblo han proclamado su nombre; él a nosotros no es un Dios desconocido, excepto que tan lejos que obstinadamente ciegos sean nuestras mentes a las manifestaciones de su gloria. Si por lo tanto, detenimos los afectos de nuestros corazones, no tenemos ninguna excusa en la disculpa que más prueba se necesita. Y con corazones tan alegados de Dios desde el principio, todas nuestras indagaciones religiosas son probables en ser inútiles. ¿Qué probabilidad hay que más prueba producirá el efecto y impresión propia sobre nuestras mentes, si aquello que ya está en nuestra posesión es despreciado o abusado? Si de lo que ya conocimos de Dios, lo admiramos y lo amamos, desearíamos en conocer más de él, y proseguiremos el estudio con provecho y deleite; pero si ya lo hemos cerrado de nuestros corazones, todas nuestras investigaciones intelectuales con respecto a él pueden esperarse en dejarnos en una ceguedad espiritual.

    El deber requerido corresponde, en el carácter, á la religión, de la cual es una parte esencial. Los dioses paganos no podían reclamar el amor supremo de sus adoradores; y las mentes paganas no tenían una idéa  de una religión fundada en el amor supremo á sus deidades. Hasta algún extento, ellos eran objectos de temor; y mucho que pertenecía á su historia y carácter suponído, servía para diversión, ó para interesár la imaginación; pero la conducta atribuída á ellos era frecuentemente de tal que aún la virtud pagana lo condenaba. Así que, no podían ser objectos de amor supremo; y nadie lo demandaba para ellos. El requisito del amor supremo demuestra que la religión de la Biblia es de ser del Dios verdadero; y cuando empezamos nuestras investigaciones religiosas con la admisión de esta obligación, y el reconocimiento completo de ello en nuestros corazones, podemos estár seguros que estamos procediendo en el camino recto.

    La simplicidad del requisito es admirable. Ninguna explicación del deber se necesita. Las formas de adoración pueden ser numerosas y varias, y preguntas se levantarán en cuanto a las formas que serán más aceptables. Muchos deberes exteriores de la moralidad son frecuentemente determinados con mucha dificultad. Preguntas perplejas se levantan en cuanto a la naturaleza del arrepentimiento y la fe, y los ignorantes necesitan instrucción con respecto á ellos. Pero nadie necesita que se le diga que es el amor; la mente más humilde puede entender el requisito, y sentir el placer en la consciencia en rendir obediencia á  ello; y el filósofo erudito está en la presencia de este precepto como un niño, y siente su poder atando cada facultad que posée. Este principio simple penetra toda religión, y ata todas las inteligencias, pequeñas y grandes, á Dios, el centro del gran sistema. Entre él y el poder de la gravitación en el mundo natural, la cual ata atomos y las masas, piedritas redondeadas y planetas vastas, una analogía bella podrá ser trazada.

    La comprensión del precepto no es menos admirable. De ella nace el precepto, Amarás á tu projimo como a tí mismo; y sobre estos dos es fundada toda la ley. Amamos a nuestros projimos porque son criaturas de Dios, y súbditos de su gobierno, y porque nos ha mandado. Amamos supremamente a Dios, porque él es el mayor y mejor de seres; y amamos a otros seres, según á la importancia de cada uno en el sistema universal de ser. Un principio penetra ambos preceptos, como un principio de la gravitación ata la tierra al sol, y las partes de la tierra a cada una. Esta ley ata a los angeles al trono de Dios, y a cada uno; y ata a los hombres y a los angeles juntos, como co-súbditos del mismo soberano. El decálogo  es éste ley extendida, y adaptada a la condición y las relaciones de la humanidad. El amor no solo es el cumplimiento de la ley, pero es también la esencia de la moralidad evangélica. Toda obediencia cristiana salta de él; y sin él, ninguna forma de obediencia es aceptable á Dios. Aquel quien ama supremamente á Dios, no puede ser culpable de aquella incredulidad que hace a Dios un mentiroso, y él no puede reflejár en los pecados que ha cometido contra Dios, sin una penitencia sincera.

    No debemos de pasar por alto la tendencia de este precepto en producir el bien universal. Todos conocen qué tanto el orden y la felicidad hallada en la sociedad humana depende en el amor. Si todos afectos benévolos eran echados fuera de los corazones de los hombres, la tierra sería convertida en un pandemonio. Que amor queda en la tierra lo rinde tolerable, y el amor que reina en el cielo lo hace un lugar de bienaventuranza.  La obediencia perfecta a la gran ley de amor es suficiente para hacer a todas las criaturas felices. Ábre, dentro el pecho, una fuente perenne de felicidad; y se encuentra, de por fuera, la sonrisa y la bendición de un Dios que lo da por bueno.

    Aunque la religión de el amor es claramente enseñado solo en el libro de Dios, todavía, cuando lo hemos aprendido de allí, podemos discubrir su acuerdo con la religión natural. Sería de beneficio en observar de cómo las tendencias morales de nuestra naturaleza acordan, en este punto, con las enseñanzas de la revelación.

    La maldad del hombre ha sido un tema de queja en todas las edades. Los paganos ancianos se quejaban de la degeneración en sus tiempos, y hablaban de una edad de oro, ya pasado de tiempo, en la cual la virrud prevalecía. En las naciones modernas paganas, en conjunto con la depravidad que prevalece, algún sentido de esa depravidad existe; y en donde la necesidad o ansia de un estado más virtuoso de la sociedad es admitido. En las tierras cristianas, los mismos infieles que se burlan de toda religión con una respiración, con la siguiente satirizan la maldad de la humanidad. Es el juicio unido de toda nación, en cada edad, que la practica de los hombres caen debajo sus propias normas de la virtud. Por lo tanto, es necesario para adquirir las mejores nociones de la virtud que la naturaleza nos puede dar, de volteárnos de la practica de los hombres hacia aquellos sentimientos morales injeridos en el pecho humano, las cuales condenan esta practica, y nos insta a una virtud más alta.

    Es bien conocido que los hombres juzgan las acciones de otros con más severidad que las propias. Nuestros apetítos y pasiones interponen con las decisiones de consciencia, cuando nuestra propia conducta es el tema de la examinación. Por eso, el sentido moral general de la humanidad es una norma mejor de la virtud que la consciencia individua. Especialmente, en mirar a los juicios de otros, con la vista para determinar la moralidad de nuestras acciones, el juicio de aquellos quienes han de ser beneficiados o injuriados por nuestros hechos, han de ser considerados. En consecuencia de esto, la religión natural aproba la regla - Haz á otros como quieres, en las mismas circunstancias, que ellos hagan contigo.

    Cuando los vicios de otros interponen con la felicidad nuestra, entonces somos más agudamente sensibles de la existencia e atrocidad de ellos. Como quiera que vago las nociones nuestras de la virtud puedan ser, siempre concebimos de ella como atendiendo de promover la felicidad de otros. No obstante, no es cada inclinación a promover la felicidad que concebimos de ser virtuosa. Los alimentos que comemos, y la cama en la cual nos acostamos, contribuyen a promover la felicidad nuestra; todavía no les ascribimos virtud a estas cosas inanimas. La virtud solo pertenece a agentes morales y racionales; y la promoción de la felicidad tiene que ser intencional para que sea contada virtuosa. Todavía hay otra limitación. Los hombres en veces confieren beneficios a otros, con la expectación de recibir más grandes beneficios en cambio. Donde el motivo por la acción es meramente el beneficio esperado en cambio, el juicio común de la humanidad rehusa de caracterizar el hecho como virtuosa. Para constituír la virtud, tiene que haber una promoción intencional de la felicidad en otros; y esta intención tiene que ser disenteresado. La religión natural no niega que una norma más alta de la moralidad puede existir; pero sostiene que la benevolencia disenteresada es virtuosa, y ella determina la moralidad de las acciones por la benevolencia disenteresada que ellas manifiestan.

    Algunos han mantenido que el amor de si mismo es el principio primerario de la virtud, su afecto central, el cual, que se extiende primero a aquellos que son más cercas relacionados más a nosotros, gradualmente extendiendose a otros más remotos, y a lo largo ensanchándose en una benevolencia universal. Esta sistema de moralidad es contradictoria de si misma.. Mientras reclama en apuntar a la felicidad universal, lo hace el deber de cada individuo de apuntar, no al bien publico, sino a su propio beneficio privado. Cuando quiera que el interés de otro viene en conflicto con el suyo, es hecho el deber en puntar al posterior, y en promover él de su projimo solo tan lejos que pueda conducirlo al suyo. Es verdad, que los abogados de este sistema meten el razonamiento como una influencia que restriñe, y se supone que de tal manera regulará el ejercicio del amor de si mismo para resultar en el bien general. Según a este sistema, si en dirijirnos a nustra propia felicidad, practicamos el fraude y la falsedad con la vista de promoverlo, y nos hallamos derrotados en el alcance de nuestro objecto, podemos de culpar a nuestra falta, no en el principio virtuoso por el cual es asumado que hemos sido movidos, sino en la falta de nuestro razonamiento en restreñir y regularlo para obtener su fin. Si es dicho que la consciencia no nos permite en ser felices en la practica del fraude y falsedad, y que el amor de si mismo consciente de esto, evita esas practicas tan inconsistente con nuestra paz interna, es admitido claramente que la consciencia es un principio más alto de nuestra naturaleza, a las cuyas decisiones el nuestro amor de si mismo es compelido de rendirse.

    Como la virtud se dirige al bien general, tiene que favorecer los medios necesarios para obtener este fin. El gobierno y las leyes civiles, enactadas e ejecutadas en sabiduría y justicia, son muy conducivas al bienestar general, y estas reciben la aprobación e apoyo de los virtuosos. Si un individuo de nuestra raza, por una excepción feliz a la regla general, naciera con una inclinación virtuosa de la mente, en vez de la propensidad egoísta natural a la humanidad; y si esta inclinación virtuosa es nutrida y desarollada en su educación, él se hallaría buscando el bien de todos. Sus primeros beneficios conferidos,  serían sobre aquellos más cercas a él; pero su benevolencia disenteresado no pararía allí. Como su conocimiento se extendía  en las ramificaciones de la sociedad, su deseo y labor para el bien general se extendería con él, y el gobierno civil, las leyes saludables, y toda institución que se inclinaba al beneficio publico, recibiría su aprobación cordial e apoyo; y cada gobernador justo y sabio, y cada individuo insubordinado, dirigiendose al bien publico, sería un objecto de su favor. Si suponemos que el conocimiento de este individuo se aumentara, y sus principios virtuosos se extendieran, ensanchando el ejercicio de la benevolencia universal; y si, a lo largo, la idéa de un Dios, un ser de toda excelencia moral posible, el gobernador justo y sabio del universo, sería presentado, ¿cómo sería su corazón afectado? Aquí sus principios virtuosos hallarían ocasión para su ejercicio más alto, y crecería a una devoción religiosa. Este ser glorioso tendría el lugar más alto en su admiración y amor; y el discubrimiento de su dominio universal produciría un gozo inefable. Tales son los afectos del corazón que aun la religión natural enseña, que el conocimiento de la existencia y las perfecciones de Dios deben de producir.

    En la Palabra escrita de Dios, aprendemos nuestro deber en un método al revés. No somos dejados en trazarlo por un proceso despacio, comenzando con el ejercicio primero de un principio moral en el corazón, levantandose al fin al Dios infinito; sino que la existencia y el carácter de Dios es inmediatemente presentado, y el primero y principal de todos los deberes es anunciado de una vez: "Amarás pues al Señor tu Dios de todo tu corazón" (Marcos 12:30). ¡Qué sublime! ¡Qué apropiado! La mente virtuosa está abierta para recibir tal revelación; y su conformidad perfecta a las mejores enseñanzas de la religión natural, lo recomienda a nuestros entendimientos y nuestros corazones. El segundo mandamiento, "Amarás a tu projimo como a ti mismo" (v.31) es introducido, no como llevandonos al primero, sino como subordinado a él. Él toma el lugar que propiamente le pertenece a él en una revelación de la autoridad suprema.

    El amor ha sido dividido en la benevolencia, y la beneficencia y la complacencia. Esta división ha de aparecér desde el principio inconsistente con la simplicidad que ha sido ascribida a el amor. La benevolencia es la disposición de hacer bien a un objecto, y la beneficencia es la colación de ese bien. El posterior no es propiamente amor, sino el efecto o la manifestación de él. Del otro lado, la complacenica incluye la causa de el amor juntamente con el afecto mismo. El amor puede ser ejercitado hacia un objecto indigno, como cuando Dios ama aquellos quienes están muertos en delitos y pecados. Pero puede ser ejercitado hacia aquellos cuyo carácter moral los hace objectos aptos. En este caso, el amor siendo conectado con la aprobación del carácter amado, es llamado complacencia. Cuando el amor tiene una cosa inanimada de su objecto, como cuando Isaac amaba comida sabrosa, el termino se refiere a la derivación de placer; pero cuando el objecto de el amor es un ser senciente, el termino siempre implica la colación del placer, aún cuando algun placer ha sido recibido, o algún goce se espera en retorno.

    El amor a Dios implica la aprobación cordial de su carácter moral. Sus atributos naturales, la eternidad, inmensidad, omnipotencia, &c., podrá llenarnos de admiración; pero estos no son los objectos propios de amor. Si le adoramos en la hermosura de la santidad, la belleza de su santidad tiene que excitar el amor de nuestros corazones. Al aumentarse nuestro conocimiento de estas perfecciones morales, nuestro deleite en ellos tiene que crecer; y este deleite estimulará un estudio de más de ellos; y a una observación más diligente de los varios métodos en las cuales son manifestados. La manifestación de ellos, aún en las exhibiciones más terribles de su justicia, serán contemplados con un asombro reverente, pero aprobándolo; y la gloria unida de ellos, como vistos en el gran plan de la redención por Cristo, serán vistos con un deleite incesable y sencillo.

    El amor a Dios incluye el gozo en su felicidad. Él no solo es perfectamente santo, sino perfectamente feliz; y es nuestro deber de regocijarnos en su felicidad. En amar a nuestro projimo, nos regocijamos en su felicidad presente, y deseamos en aumentárselo. Nosotros no podemos de aumentar la ya perfecta felicidad de Dios, pero podemos regocijarnos en aquella que él ya posee. Si nos deleitamos en la felicidad de Dios, trabajaremos en agradarle en todas las cosas, de hacer cualquiera cosa que nos mande, y de adelantar todos los planes, el cumplimiento de los cuales tiene mucho de corazón. Por lo tanto, el amor incluye la obediencia a sus mandamientos, y la resignación y sumisión a su voluntad.

    El amor a Dios lo hace una taréa agradable para examinar las pruebas de su existencia, y para estudiar aquellos atributos gloriosos que lo hacen un objecto digno de un afecto supremo. Vamos a entrar en este estudio, movidos por un amor santo, y un fuerte deseo que el amor nuestro sea aumentado.

(Continuar a Capítulo I: La Existencia De Dios)

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