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En
la capilla de New Park Street, Southwark, Inglaterra
Por
C.H. Spurgeon
Tomado de Guttenberg Press International
LA
SOBERANÍA DIVINA
¿No me es
lícito hacer lo que quiero con lo mío?
(Mateo 20:15).
El
padre de familia dice: "¿No me es lícito hacer lo que quiero
con lo mío?" Y esta mañana, el Dios de cielos y tierra os
hace la misma pregunta: "¿No me es lícito hacer lo que quiero
con lo mío?" No hay un atributo de Dios más consolador para
sus hijos que la doctrina de la soberanía divina. Bajo las más
adversas circunstancias, en los más graves contratiempos, ellos
creen que esa soberanía ha ordenado sus aflicciones, que las gobierna
y que las santifica. No hay otra cosa por la que los hijos de Dios deban
contender más firmemente que por el dominio de su Señor sobre
toda la creación, trono suyo -la realeza de Dios sobre las obras
de sus mano-, y el derecho a sentarse en ese trono. Por otra parte, tampoco
hay doctrina más odiada por los mundanos, ni verdad convertida en
semejante pelota de fútbol, como la de la grande, maravillosa y
ciertísima soberanía del infinito Jehová. Los hombres
permitirán a Dios estar en cualquier sitio menos en su trono. Consentirán
en hallarlo en el taller formando los mundos y haciendo las estrellas.
Accederán a que esté en su casa de caridad repartiendo limosnas
y otorgando mercedes. Le tolerarán mantener firme la tierra y sostener
Sus pilares, o iluminar las lámparas del cielo, o gobernar al inquieto
océano; pero cuando Dios sube a su trono, sus criaturas rechinan
los dientes. Y cuando proclamamos un Dios entronizado y su derecho
a hacer según le plazca con lo suyo, a disponer de sus criaturas
como le parezca sin consultar con ellas, entonces somos silbados y despreciados,
y los hombres cierran sus oídos a nuestras palabras, porque un Dios
en su trono no es el Dios que ellos aman. Les agradaría contemplarle
en cualquier sitio menos en su solio con su cetro en su mano y la corona
en sus sienes. Pero es un Dios entronizado el que a nosotros nos gusta
predicar, en quien confiamos, de quien hemos cantado y de quien hablaremos
en esta plática. Sin embargo, haré hincapié solamente
sobre una parte de la soberanía de Dios, y es la que toca a la distribución
de sus dádivas. En este aspecto creo que, no solamente tiene derecho
a hacer lo que quiera con lo suyo, sino que, en realidad, lo hace.
Antes
de comenzar nuestro sermón, debemos reconocer como cierto que todas
las bendiciones son regalos de Dios, a los que no tenemos derecho por nuestros
propios méritos; y creo que toda persona que piense un poco debe
reconocerlo así. Una vez admitido esto, nos ocuparemos en demostrar
que si hace lo que quiere con lo suyo es porque tiene derecho a quedárselo
todo si le place, a repartirlo si así lo prefiere, a dar a unos
y a otros no, o bien a no dar a nadie o dar a todos, según parezca
bien a sus ojos. "¿No me es lícito hacer lo que quiero con
lo mío?"
Dividiremos
los dones de Dios en cinco clases: Temporales, salvadores, honoríficos,
útiles y consoladores. De todos ellos debemos decir: "¿No
me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?"
1.
Empezaremos, pues, con LOS DONES TEMPORALES. Es un hecho indiscutible que
Dios, en las cosas temporales, no ha repartido a todos por igual; no todas
sus criaturas han recibido la misma cantidad de ventura y posición
en este mundo. Existe una desigualdad. Notadla sobre todo en los hombres,
porque de ellos nos ocuparemos principalmente. Unos nacen como Saúl,
que "del hombro arriba sobresalía a cualquiera del pueblo"; otros
serán toda su vida como un Zaqueo, hombre de corta estatura. Unos
tienen un cuerpo musculoso y son físicamente atractivos; otros son
débiles y distan de tener una figura hermosa. Cuantos encontramos
cuyos ojos nunca han gozado de la luz del sol; cuyos oídos jamás
han escuchado el encanto de la música y cuyos labios en la vida
han pronunciado palabras inteligibles o armoniosas. Id por el mundo y hallaréis
hombres superiores a vosotros en vigor, salud y figura; y otros inferiores
en todas estas mismas cosas. Algunos de los que están aquí
son preferidos por su aspecto exterior al resto de sus semejantes, mientras
que otros son dejados a un lado y no tienen nada de que puedan gloriarse
en la carne. ¿Por qué ha dado Dios belleza a un hombre y
a otro no? ¿A uno todos sus sentidos y a otro sólo parte
de ellos? ¿Por qué ha despertado en unos el sentido del entendimiento,
mientras que otros se ven obligados a tener una mente obtusa y terca? Digan
lo que digan los hombres, no puede haber otra respuesta que esta: "Así,
Padre, pues que así agradó en tus ojos". Los antiguos fariseos
preguntaron: "Rabí, ¿quién pecó este o sus
padres, para que naciese ciego?" Sabemos que no fueron los pecados de los
padres ni los del hijo la causa de que éste naciera ciego, como
tampoco es por eso por lo que otros han sufrido desgracias parecidas; sino
porque Dios ha actuado según le ha placido en el reparto de sus
beneficios terrenales, diciendo de este modo al mundo: "¿No me es
lícito hacer lo que quiero con lo mío?"
Notad,
también, la desigualdad que existe en la distribución de
los dones intelectuales. No todos los hombres son como Sócrates;
hay pocos como Platón; los hombres como Bacon aparecen muy de tarde
en tarde; no se da muy frecuentemente la ocasión de poder hablar
con algún Isaac Newton. Algunos tienen maravillosa inteligencia
con la que pueden desentrañar grandes misterios, sondear las profundidades
de los océanos, medir la altura de las montañas, analizar
los rayos del sol y pesar los astros. Otros no tienen sino pocos alcances.
Podéis educarlos y educarlos, que nunca lograréis hacer de
ellos grandes hombres. Es imposible mejorar lo que no tienen. Carecen de
genio y vosotros no podéis impartírselo. Cualquiera puede
ver que hay una diferencia inherente en el hombre desde su mismo nacimiento.
Algunos, con poca instrucción, aventajan a aquellos que han sido
concienzudamente preparados. Tomad dos muchachos, educadlos en el mismo
colegio, por el mismo maestro; los dos se aplicarán en sus estudios
con la misma diligencia, pero uno de ellos dejará rezagado a su
compañero. ¿Por qué es esto? Porque Dios hace sentir
su soberanía tanto sobre la inteligencia como sobre el cuerpo. Él
no nos ha hecho a todos iguales; sino que ha dado variedad a sus dones.
Un hombre es elocuente como Whitefleld, y otro tartamudea aunque sólo
tenga que hablar tres palabras en su propia lengua. ¿Qué
es lo que establece estas marcadas diferencias entre hombre y hombre? Tenemos
que responder que debemos atribuirlo todo a la soberanía de Dios,
quien hace lo que quiere con lo suyo.
Reparad
de nuevo en las diferentes condiciones de los hombres en el mundo. De
vez en cuando han surgido preclaras inteligencias entre hombres cuyos miembros
han arrastrado las cadenas de la esclavitud y cuyas espaldas han sido ofrecidas
al látigo; hombres de piel negra, pero de entendimiento inmensamente
superior al de sus brutales amos. También en Inglaterra es frecuente
encontrar a sabios que viven en la pobreza, y ricos no pocas veces ignorantes
y vanos. Unos vienen a este mundo para ser ataviados con la púrpura
imperial, otros no llevaran más que sus humildes ropas de campesino.
Unos tienen un palacio para morar y colchón de plumas para descansar,
mientras otros no tienen sino un duro catre y nunca les cobijará
más suntuoso techo que el de paja de su cabaña. Si de nuevo
preguntásemos la razón de todo esto, la respuesta seguiría
siendo la misma: "Así, Padre, pues que así agradó
en tus ojos". A vuestro paso por la vida podréis observar de otras
muchas maneras la manifestación de la soberanía de Dios.
Da a algunos hombres una salud recia durante toda su vida, de forma que
apenas saben lo que es una indisposición; mientras que otros se
arrastran vacilantes por el mundo esperando encontrar la tumba abierta
a cada paso, viviendo miles de miles de muertes al temer constantemente
a una. Hay personas, como Moisés, que aun en los últimos
días de una vida extraordinariamente larga tienen una vista aguda
y que, aunque tengan el cabello blanco, se mantienen firmes sobre sus pies,
como cuando eran jóvenes. Nuevamente preguntamos: ¿cuál
es la causa de esta diferencia? Y otra vez aparece la única respuesta
adecuada: La soberanía de Jehová. Encontraréis también
que, mientras a unos se les quita la vida prematuramente -en la flor de
su vida-, a otros les es dado llegar más allá de setenta;
unos parten antes de haber cubierto la primera etapa de su existencia,
mientras otros prolongan sus días hasta convertirse totalmente en
un estorbo. Estimo que necesariamente debemos atribuir la causa de todas
estas diferencias de la vida a la soberanía de Dios. El es Rey y
Soberano y, ¿no hará lo que quiera con lo suyo?
Vamos
a dejar este extremo de la cuestión; pero antes de hacerlo, debemos
recapacitar un poco más sobre él. ¡Oh!, tú que
has sido dotado de una noble figura, de un cuerpo hermoso: no te enorgullezcas
de ello, porque tus dones proceden de Dios. No te gloríes, porque
si lo haces, desaparecerá en un momento toda tu apostura. Las flores
no presumen de su belleza ni los pájaros cantan su plumaje. Hijas,
no os envanezcáis con vuestra hermosura; hijos, no seáis
engreídos de vuestra gallardía. Y vosotros, ¡oh! hombres,
poderosos e inteligentes, recordad que todo cuanto tenéis os ha
sido concedido por un Soberano Señor: El creó, El puede destruir.
No hay mucha diferencia entre la más preclara inteligencia y el
idiota más desvalido: las mentes penetrantes rayan en la locura.
Vuestros cerebros pueden ser trastornados en cualquier momento, y en adelante
estar condenados a vivir en la demencia. No os jactéis de vuestro
saber, porque aun el más pequeño conocimiento que poseéis
os ha sido dado. Por lo tanto, yo os digo, no os enaltezcáis sobremanera,
sino emplead para Su gloria los dones que Dios os ha dado, porque son dádivas
reales que no podéis rechazar. Si el Soberano Señor os ha
dado un talento, y no más, no lo guardéis en vuestra faltriquera,
sino haced buen uso de él y quizá os será aumentado.
Bendecid a Dios porque tenéis más que algunos, y dadle
gracias, también, porque os ha dado menos que a otros, porque
así no es tanto lo que tenéis que llevar sobre vuestros hombros;
ya que cuanto más ligera sea vuestra carga, menos gemiréis
en vuestro caminar hacia la tierra mejor. Bendecid a Dios, pues, si poseéis
menos que vuestros semejantes, y ved su bondad tanto en el dar como en
el retener.
II.
En todo cuanto hemos dicho hasta aquí, probablemente la mayoría
esta de acuerdo con nosotros; pero cuando entramos en el segundo punto,
LAS DÁDIVAS SALVADORAS, gran número de personas discrepan,
porque no pueden aceptar nuestra doctrina. Cuando aplicamos esta verdad
con relación a la soberanía de Dios en la salvación
del hombre, vemos como hay quien se levanta para defender a sus semejantes,
a quienes consideran perjudicados por la predestinación divina.
Pero nunca oí de alguno que se alzara para abogar por Satanás;
y yo creo que si algunas criaturas de Dios tuvieran derecho a quejarse
de Su comportamiento, éstas serían los ángeles
caídos. Por su pecado fueron arrojados del cielo fulminantemente,
y no leemos que nunca les fuera enviado un mensaje de misericordia. Una
vez echados fuera, su condenación fue sellada; mientras que a los
hombres se les dio una tregua, fue enviada redención a su mundo,
y un gran número de ellos fueron escogidos para vida eterna. ¿Por
qué no contender con la soberanía tanto en un caso como en
otro? Afirmamos que Dios ha elegido un pueblo de entre los hombres, y se
le niega el derecho a obrar así. Y yo pregunto: ¿por qué
no se discute igualmente el hecho de que haya escogido a los hombres y
no a los ángeles caídos, o su justicia por esa forma de proceder?
Si la salvación fuese asunto de derecho, los ángeles tendrían
en verdad tanto como los hombres. ¿No estaban situados en una dignidad
superior?, ¿o es que pecaron más? Creemos que no. El pecado
de Adán fue tan intencionado y pleno que no podemos imaginar uno
mayor. Si los ángeles expulsados del cielo hubiesen sido restaurados,
¿no habrían prestado mayor servicio a su Hacedor que el que
nosotros podamos prestarle jamás? Si se nos hubiera permitido juzgar
en esta cuestión hubiéramos liberado a los ángeles
y no a los hombres. Así pues, admirad el amor y la soberanía
divinos, ya que mientras aquellos fueron hechos pedazos, Dios levantó
un número de elegidos de entre la raza humana para hacerles estar
entre príncipes por los méritos de Jesucristo nuestro Señor.
Notad
de nuevo la soberanía divina en el hecho de que Dios escogió
al pueblo israelita y dejó a los gentiles en la oscuridad durante
años. ¿Por qué fue Israel enseñado y salvado
mientras Siria se perdía en la idolatría? ¿Era una
raza más pura en su origen y mejor en su condición que la
otra? ¿No tuvieron los israelitas dioses falsos centenares de veces,
que provocaron la ira y el aborrecimiento del Dios verdadero? ¿Por
qué fueron favorecidos más que todos sus semejantes? ¿Por
qué el sol brilló sobre ellos, mientras a su alrededor las
naciones eran dejadas en la oscuridad, y miríadas eran sepultados
en el infierno? ¿Por qué? La única respuesta que puede
darse es esta: Que Dios es soberano y "del que quiere tiene misericordia;
y al que quiere, endurece".
Y
también, ¿cómo es que Dios nos ha dado su Palabra
a nosotros, mientras multitud de personas están todavía
sin ella?
-¿Por
qué nos podemos acercar al tabernáculo de Dios cada uno de
nosotros, domingo tras domingo, teniendo el privilegio de escuchar la voz
de un ministro de Jesús, mientras otras naciones no han sido bendecidas
del mismo modo? ¿No podía Dios haber hecho que la luz resplandeciera
también en sitios de tinieblas? ¿No podía Él,
si le hubiese placido, haber enviado mensajeros raudos como la luz para
que proclamasen su Evangelio por toda la tierra? Podía haberlo hecho
si hubiera querido. Pero, puesto que sabemos que no ha sido así,
nos inclinamos con humildad, confesando su derecho de hacer lo que quiera
con lo suyo.
Mas
permitidme que traiga, una vez más, la doctrina a nuestros ámbitos.
Observad cómo manifiesta Dios su soberanía en el hecho de
que de la misma congregación donde todos han oído
al mismo predicador y escuchado idéntica verdad, es tomado el uno
y dejado el otro. ¿Por qué será que en una de
mis oyentes, sentada en los últimos bancos de la capilla junto a
su hermana, el efecto de la predicación es diferente que en la otra
que está a su lado? Ambas han sido criadas sobre las mismas rodillas,
mecidas en la misma cuna y educadas con igual esmero; las dos han oído
al mismo predicador y con idéntica atención; ¿por
qué una será salvada y la otra dejada? Lejos esté
de nosotros el buscar excusas en favor del hombre que se condena, cuando
no hay ninguna. Igualmente, lejos esté de nosotros el restarle gloria
a Dios, pues sabemos que es Él quien hace la diferencia; por eso
la hermana que se ha salvado no debe agradecérselo a sí misma,
sino a su Señor. Habrá también dos hombres dados al
vicio de la bebida. Unas palabras de la predicación traspasarán
a uno de ellos de parte a parte, pero el otro permanecerá impasible,
aunque serán bajo todos los aspectos idénticamente iguales,
tanto en temperamento como en educación. ¿Cuál es
la razón? Tal vez digáis: porque uno ha aceptado el mensaje
del Evangelio y el otro lo ha rechazado. Pero debemos responder con la
misma pregunta: ¿quién hace que uno acepte y el otro rechace?
Me figuro que diréis que el hombre mismo hizo la distinción;
pero debéis admitir en vuestra conciencia que es a Dios solo
a quien pertenece este poder; a pesar de ello, aquellos a los que no les
agrada esta doctrina, están siempre en pugna contra nosotros y dicen:
¿Cómo puede Dios hacer tal acepción entre los miembros
de su familia? Imaginaos un padre que tuviese determinado número
de hijos, y que a uno diera todos sus beneficios, relegando a los otros
a la miseria: ¿diríamos que era un padre duro y cruel? Admito
que sí, pero no es el mismo caso, porque no es con un padre con
quien tenéis que tratar, sino con un juez. Decís que
todos los hombres son hijos de Dios, y yo os sitúo a probarlo con
la Biblia. Nunca he leído en ella nada parecido, y jamás
me atrevería a decir: "Padre nuestro que estás en el cielo",
hasta que fuese regenerado; no puedo gozarme de su paternidad hasta saber
que soy uno con Él y coheredero con Cristo; no osaría llamarle
Padre mientras fuera una criatura sin regenerar. No existe aquí
la misma relación que entre padre e hijo -porque el hijo siempre
tiene algún derecho sobre su padre- sino entre rey y súbdito;
y aun ni siquiera ésta, porque el súbdito tiene a veces algo,
por pequeño que sea, que reivindicar de su rey. Pero una criatura,
una criatura pecadora, jamás puede tener derechos sobre Dios; porque
si así fuera, la salvación sería por obras y no por
gracia. Si el hombre pudiera merecerla, el salvarlo sería entonces
el pago de una deuda, y no se le daría más que lo que se
le debía. Sostenemos que la gracia, para que sea tal, ha de hacer
diferencias. Alguno dirá: Pero, ¿no está escrito que
"a cada uno le es dada medida de gracia para provecho" Bien, si
os gusta podéis repetir esa maravillosa cita hasta la saciedad,
que seréis bien recibidos. Pero tened en cuenta que esta no es una
cita de las Escrituras, a menos que se halle en una edición arminiana.
El único pasaje parecido a este se refiere a los dones espirituales
de los santos, y sólo de los santos. Ya que, admitiendo vuestra
suposición, si a cada uno le es dada medida de gracia para provecho,
es evidente que hay otros que la reciben con carácter especial para
que, precisamente, les sea provechosa. ¿Qué entendéis
por gracia que puede usarse para provecho? Me es fácil comprender
los adelantos humanos para perfeccionar la utilización de la grasa,
pero lo que no entiendo es una gracia que sea perfeccionada para ser usada
por los hombres.
La
gracia no es una cosa que yo pueda usar, sino algo que me usa a mí;
sin embargo la gente habla de ella como pudiéndola manejar, y no
como una influencia que tiene poder sobre ellos. No es algo que yo pueda
perfeccionar, sino que me perfecciona a mi, que me emplea y obra sobre
mí. Que los hombres hablen cuanto quieran sobre la gracia universal;
absurdo por completo porque no existe tal cosa ni puede existir. De lo
que pueden hablar con propiedad es de bendiciones universales, porque vemos
que los dones naturales de Dios han sido esparcidos por doquier, en mayor
o menor profusión, y los hombres pueden aceptarlos o rechazarlos.
Pero que no digan lo mismo de la gracia, porque nadie puede cogerla para,
por sí mismo, y volverse de las tinieblas a la luz. La luz no viene
a la oscuridad y le dice: úsame, sino que la toma y la echa fuera.
La vida no acude al cadáver y le dice: válete de mi y torna
a vivir, sino que con su propio poder lo resucite. Lo espiritual no se
acerca a los huesos resecos para decirle: usadme y revestios de carne,
sino que él los cubre, y acaba la obra. La gracia es, pues, algo
que se nos da y que ejerce su influjo sobre nosotros.
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Y
nosotros decimos a todos aquellos que rechinan sus dientes al oír
esta verdad, que, tanto si lo saben como si no, sus corazones están
llenos de enemistad contra Dios; porque mientras no lleguen al conocimiento
de esta doctrina, hay algo que aun no han descubierto, y que les hace oponerse
a la idea de un Dios absoluto, libre, sin cadenas, inmutable y teniendo
libre albedrío, cosa que son tan dados a demostrar que las criaturas
poseen. Estoy persuadido de que debemos mantener la doctrina de la soberanía
de Dios, si tenemos una mente sana. "De Jehová es la salud." Dad,
pues, toda la gloria a su santo nombre, pues a Él le pertenece toda.
III.
En tercer lugar, vamos a considerar las distinciones que Dios hace en su
Iglesia al repartir los DONES HONORIFICOS. Hay diferencia entre los propios
hijos de Dios; cuando éstos son tales. Fijaos en lo que quiero decir:
Unos tienen, por ejemplo, el don honorífico del conocimiento
en mayor grado que otros. Tropiezo de vez en cuando con un hermano
con el que podría hablar durante meses, y aprender algo de él
cada día. Posee una profunda experiencia -ha buscado en "lo profundo
de Dios"-, toda su vida ha sido un continuo estudio, dondequiera que ha
estado. Parece haber sacado sus pensamientos, no de 1os libros meramente,
sino de la vida de los hombres, de Dios, de su propio corazón; y
conoce todas las vueltas y recodos de la experiencia cristiana: ha comprendido
la anchura, lo largo, profundidad y altura del amor de Cristo, que excede
a todo conocimiento. Ha conseguido una clara idea e íntimo conocimiento
del sistema de la gracia, y puede vindicar la conducta del Señor
para con su pueblo.
Os
encontraréis con otro que ha pasado por multitud de tribulaciones,
pero que no tiene un conocimiento profundo de la experiencia cristiana;
no aprendió ni un solo secreto en todas sus calamidades. Surgía
del barro de una charca para caer inmediatamente en otra, pero nunca se
detuvo a recoger alguna de las joyas depositadas en el cieno, ni trató
jamás de descubrir las perlas escondidas en sus aflicciones. Conoce
muy poco de la altura y la profundidad del amor del Salvador. Podéis
charlar con ese hombre tanto como queráis, que no sacaréis
de él nada de provecho. Si me preguntáis por qué es
esto, os responderé que hay una soberanía de Dios que da
el conocimiento a unos y a otros no. Paseando el otro día con un
cristiano de edad avanzada, me hablaba de cuánto provecho había
sacado de mi ministerio. Nada hay que me haga humillar más que el
pensamiento de que un creyente anciano reciba instrucción en los
caminos del Señor de un neófito en la gracia. Pero yo espero,
cuando llegue a viejo, si es que llego, ser también instruido por
algún recién nacido en la fe; porque Dios cierra muchas veces
la boca de los mayores y abre la de los niños. ¿Por qué
somos maestros de centenares de personas que, en otros aspectos, están
mucho más capacitadas para instruirnos a nosotros? La única
respuesta que hemos encontrar reside en la soberanía de Dios, y
debemos inclinarnos ante ella; porque, ¿no le es lícito a
Él hacer lo que quiera con lo suyo? En vez de tener envidia de aquellos
que tienen el don del conocimiento, procuremos tenerlo nosotros también,
si nos es posible. En lugar de murmurar, protestando por no tener más
entendimiento, deberíamos recordar que ni el pie puede decirle a
la cabeza, ni la cabeza al pie, no te necesito; porque Dios nos ha dado
los talentos como a Él le ha placido.
No
penséis, cuando hablamos de dones honoríficos, que éstos
se reducen solamente al del conocimiento; también el del servicio
es un don honorífico. No hay nada más honroso para un
hombre que el cargo de diácono o ministro de la Palabra. Engrandecemos
nuestro oficio, pero no a nosotros mismos; porque estamos plenamente convencidos
de que el desempeñar cualquier cometido en la iglesia es uno de
los más grandes honores. Preferiría ser diácono antes
que alcalde de Londres. No hay honor más grande para mí que
el de ser ministro de Cristo. Mi púlpito me es más apetecible
que el más alto trono, y mi congregación es un gran imperio,
ante el cual los más grandes reinos de la tierra quedan reducidos
a algo sin importancia eterna. ¿Por qué Dios, por medio del
Espíritu Santo, llama con especial vocación a unos para que
sean pastores, y no a otros? Incluso hay personas mejor dotadas, pero no
nos atreveríamos a darles el púlpito, porque no han sido
llamadas con esa vocación. Igual ocurre con el diaconado; hombres
a los que consideramos los más capacitados son excluidos, mientras
otros son escogidos. Es la soberanía de Dios, que también
se hace patente en el nombramiento dé los que han de ser utilizados
en cualquier cometido -al poner a David sobre el trono, al escoger a Moisés
como caudillo de los hijos de Israel por el desierto, y a Daniel para desenvolverse
en las esferas palaciegas; al elegir a Pablo como ministro de los gentiles,
y a Pedro como apóstol de la circuncisión-. Y los que no
habéis recibido ningún don honorífico, meditad humildemente
en la verdad y razón de la pregunta del Señor: "¿No
me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?"
Otro
de los dones honoríficos de Dios es el de la expresión.
La elocuencia ejerce mayor poder sobre los hombres que todos los demás
dones juntos, y si alguno quiere influir sobre las multitudes, deberá
tocar sus corazones y encadenar sus oídos. Hay quienes son como
vasos llenos de conocimiento hasta los mismos bordes, pero sin recursos
para darlos a conocer a los demás; poseen todas las perlas del saber,
pero no saben cómo engarzarlas en el dorado anillo de la elocuencia;
pueden cortar las más delicadas flores, pero no son capaces de trenzarlas
en dulce guirnalda para ofrecerla a los ojos de su amada. ¿Cómo
puede ocurrir esto? He aquí la misma e invariable respuesta: la
soberanía de Dios también se manifiesta en el reparto de
los dones honoríficos. Aprended, hermanos, si tenéis algún
don, a poner todo su honor a lo pies del Salvador, y a no murmurar, si
no los tenéis; porque, recordad que Dios es igualmente bondadoso
tanto cuando retiene como cuando distribuye sus dádivas. Si hay
entre vosotros alguno que está encumbrado, que no se envanezca,
ni desprecie al humilde, porque Dios da a cada vaso su medida de gracia.
Servidle según vuestra medida, y adorad al Rey del cielo que hace
según le place.
IV.
Consideraremos en cuarto lugar los dones de utilidad. Muchas veces
he hecho mal censurando a otros hermanos pastores por no tener más
fruto, y he dicho que podían haber sido tan efectivos como yo si
hubiesen mostrado mayor celo y diligencia; pero he llegado a comprender
que hay otros cuya efectividad no guarda relación, ni mucho menos,
con su gran celo y constancia. Por lo tanto, me retracto de mis censuras
para afirmar que el don de la utilidad es otra manifestación de
la soberanía de Dios. No reside en el hombre tal facultad, sino
en Dios. Podemos desplegar tanta actividad como queramos, pero sólo
en Él está la virtud de hacernos útiles. Izaremos
todas nuestras velas cuando el viento sople, pero no nos es dado el poder
levantar ni la más ligera brisa.
Vemos
también la soberanía Divina en la diversidad de los dones
ministeriales. Hay ministros cuya predicación es como mesa servida
con ricos y abundantes manjares, mentiras que otros no tienen suficiente
para dar de comer a un ratón; siempre que hablan es para censurar
y no para alimentar a los hijos de Dios. Hay otros que pueden ofrecer gran
consuelo, pero son incapaces de reprender a los que caen; no tienen la
suficiente fuerza de espíritu para dar unos cuantos azotes cariñosos
que tantas veces son necesarios. Y, ¿cuál es la razón?
La soberanía de Dios. Hay algunos, también, que son la antítesis
de lo anterior: manejan magníficamente el martillo, pero no saben
curar un corazón quebrantado, y si intentaran hacerlo, su efecto
sería tan deplorable que os imaginaríais a un elefante tratando
de ensartar una aguja. Son buenos para reprender, pero inútiles
para aplicar aceite y vino a una conciencia abrasada. ¿Por qué?
Porque Dios no les ha dado ese don. Asimismo los hay que sólo predican
teología experimental, y muy pocas veces sobre temas doctrinales.
Otros son todo doctrina y hablan poco de Cristo crucificado. ¿Por
qué, de nuevo? Dios no les ha dado el don de doctrina. Otros -como
los de la escuela Hawker- sólo predican a Jesús -¡bendito
Jesús!-, y hay quienes se quejan porque no hablan de los problemas
de la vida cristiana, porque no entran en detalles sobre la corrupción
que experimentan y aflige a los hijos de Dios. Pero no les censuréis
por eso. Habréis reparado como de la misma persona unas veces brotan
chorros de agua de vida, y otras no podría estar más seco.
Por esto, un domingo os marcháis llenos y gozosos, y al siguiente
vacíos e indiferentes. Debemos aprender a reconocer y a admirar
la mano poderosa de la soberanía de Dios obrando en todo ello. Predicando
a una gran muchedumbre, la semana pasada, ocurrió que, en cierto
momento de la predicación, la emoción nos embargó
a todos y sentí como el poder de Dios estaba con nosotros. Una pobre
criatura, movida por el horror de la ira de Dios contra el pecado, clamaba
a voz en grito sin poderse reprimir. Aquellas mismas palabras podrán
ser pronunciadas de nuevo, con el mismo deseo en el corazón del
predicador, y no producir ningún efecto. En las dos ocasiones, pues,
debemos atribuirlo a la soberanía divina. La mano de Dios está
en todo. ¿Os habéis percatado de que la generación
actual es la más impía que haya pisado la tierra? Yo al menos
así lo creo. Cuando en tiempos de nuestros padres caía un
fuerte aguacero, decían que era Dios quien lo mandaba; oraban pidiendo
la lluvia, o el sol, o la bondad de la cosecha; oraban por los pajares
cuando se incendiaban, y oraban cuando el hambre azotaba la tierra; nuestros
antepasados decían: El Señor lo ha querido. Pero ahora, nuestros
filósofos tratan de explicarlo todo, atribuyendo cuantos fenómenos
ocurren a causas secundarias. Mas nosotros, hermanos, pensamos que el origen
y dirección de todas las cosas pertenecen al Señor y sólo
al Señor.
V.
Finalmente consideraremos que los DONES CONSOLADORES son de Dios. Cuán
reconfortantes son las dádivas que hacen que nos gocemos con las
ordenanzas del culto y con un ministerio provechoso. Pero, ¿cuántas
iglesias hay que no lo tienen, y por qué nosotros sí? Porque
Dios ha hecho la diferencia. Algunos tenéis una fe firme y podéis
sonreír ante la adversidad; podéis cantar en todo tiempo,
tanto en la tempestad como en la calma. Sin embargo, hay otros con una
fe tan flaca que están en peligro de derrumbarse al menor soplo
del viento. Unos nacen con un carácter melancólico y, aun
en la calma, ven señales de borrasca; otros son de temperamento
más alegre y, aunque las nubes sean negras, en cada una de ellas
ven una cinta de plata, y son felices. Pero, ¿por qué es
esto? Porque los dones consoladores vienen de Dios. Podéis observar
que nosotros mismos somos diferentes en determinados momentos de nuestra
vida. ¿Por qué ha habido épocas en que hemos podido
tener un bendito contacto con el cielo, y nos ha sido permitido el mirar
más allá del velo? Y otras veces, sin embargo, ese delicioso
placer desaparece repentinamente. ¿Murmuramos por ello? ¿No
le es lícito a Él hacer lo que quiere con lo suyo? ¿No
puede quitar lo que antes había dado? El consuelo que nosotros tenemos
era suyo antes que nuestro.
|
No
hay gozo del Espíritu, ni bendita esperanza, ni fe fuerte, ni deseo
ardiente, ni comunión íntima con Cristo que no sea una dádiva
de Dios y que no provenga de Él. Cuando esté en tinieblas
y sufra contrariedades, alzaré mis ojos y diré: Él
da canciones en la noche; y cuando tenga que gozarme, diré: Mi monte
permanecerá para siempre. El Señor es el soberano Jehová,
y por tanto, postrado a sus pies estoy, y si perezco pereceré allí.
Pero
permitid que os diga, queridos hermanos, que esta doctrina de la soberanía
divina, lejos de hacer que os sentéis perezosamente, espero que,
con la ayuda de Dios, os humille y os lleve a exclamar: "Indigno soy de
la más pequeña de todas tus mercedes, y reconozco que tienes
derecho a hacer conmigo lo que quieras. Si me aplastas como a un vil gusano,
no serás afrentado; no tengo derecho a pedirte que tengas compasión
de mí; sólo te ruego que me mires según tu misericordia.
Señor, si quieres puedes perdonarme, y jamás diste tu gracia
a alguien que la deseara más ardientemente. Lléname del pan
del cielo, porque estoy vacío; vísteme de tus ropajes, porque
estoy desnudo; dame vida, porque estoy muerto". Si elevas esta plegaria
con toda tu alma y con toda tu mente, aunque Jehová es soberano,
extenderá su cetro y salvará, y vivirás para adorarle
en la hermosura de la santidad, amando y bendiciendo su bondadosa soberanía.
"El que creyere", es la declaración de la Escritura, y fuere bautizado,
será salvo; mas el que no creyere será condenado." El que
creyere en Cristo únicamente y fuere bautizado con agua en el nombre
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, será salvo; pero
el que rechaza a Cristo y no cree en El, será condenado. Éste
es el decreto soberano y la proclamación celestial; inclínate
a él, reconócelo, obedécele, y Dios te bendiga.
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