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DIOS ES ETERNO.
"Y diré: Vivo yo para siempre...El eterno Dios es tu refugio Y acá abajo los brazos eternos" (Deuteronomio 32:40; 33:27)); "Mas Jehová permanecerá para siempre...Antes que naciesen los montes Y formases la tierra y el mundo, Y desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios...Mas tú eres el mismo, Y tus años no se acabarán...Reinará Jehová para siempre; Tu Dios, oh Sión, por generación y generación. Aleluya" (Salmos 9:7; 90:2; 102:27; 146:10); "Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo...nuestro Redentor perpetuo es tu nombre" (Isaías 57:15; 63:16); "Mas Jehová Dios es la verdad; él es Dios vivo y Rey eterno" (Jeremías 10:10); "Mas tú, Jehová, permanecerás para siempre: Tu trono de generación en generación" (Lamentaciones 10:10); "Por tanto, al Rey de siglos, inmortal, invisible, al solo sabio Dios sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén" (1 Timoteo 1:17).
En nuestro conocimiento de los objectos que están alrededor de nosotros, incluímos no solo el estado presente de ellos, pero también la existencia de continuo, y los cambios que experimentan. Algunas cosas acontecen delante de nuestros ojos, como visiones del momento; otras, como las piedras, el sol, las estrellas, sobreviven las generaciones de los hombres. Pocas criaturas vivientes viven tan largo como vive el hombre; pero la brevedad de su vida es un tema de nota diaria, y de impresiva representación Biblica ("Nuestros días cual sombra sobre la tierra, y no dan espera" [1 Crónicas 29:15]; "Y mis días fueron más ligeros que la lanzadera del tejedor, Y fenecieron sin esperanza...Mis días han sido más ligeros que un correo; Huyeron, y no vieron el bien. Pasaron cual navíos veloces: Como el águila que se arroja á la comida" [Job 7:6; 9:25,26]). En contraste,la duración de la deidad es exhibida en tal manera: "Hazme saber, Jehová, mi fin, Y cuánta sea la medida de mis días; Sepa yo cuánto tengo de ser del mundo. He aquí diste á mis días término corto, Y mi edad es como nada delante de ti: Ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive" (Salmo 39:4,5). Un mil años, incluyendo muchas de las generaciones ordinarias de la humanidad; todavía en comparación con la duración de Dios, se dice que "son como el día de ayer, que pasó, Y como una de las vigilias de la noche" (Salmo 90:4). Mañana, aunque futuro, puede parecer a nuestra vista como una duración de largura considerable; pero el ayer, cuando es pasado, ¡qué corto es! Una hora del día llenada con una gran variedad de incidentes, que pueden requerir muchas horas para narrar, puede ser extendida en nuestra vista; pero, ¡qué corto, qué contraído es una vigilia de la noche, en la cual dormímos y despertamos, y no saber que el tiempo ha pasado! De ta maneral, a la vista de Dios, es el periodo largo de mil años. Para realzar nuestra concepción de la eternidad de Dios, es contrastada con la duración de aquellas cosas naturales que aparecen en poseer la más grande estabilidad: "Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra; Y los cielos son obras de tus manos: Ellos perecerán, mas tú eres permanente; Y todos ellos se envejecerán como una vestidura; Y como un vestido los envolverás, y serán mudados; Empero tú eres el mismo, Y tus años no acabarán" (Hebreos 1:10-12). Pero cuando engrandecemos nuestros concepciones a lo sumo, todavía faltan de todo en comprender esta tema vasta. Estiramos nuestros pensamientos para atrás y para adelante; pero ningun comienzo o fin de la existencia de Dios aparece. Para aliviar nuestra imaginación estirada demasiada, y para parar los esfuerzos inutiles para comprender los que es incomprensible, traemos la idéa negativa - no comienzo, y no fin. La duración sin comienzo y sin fin, conviene la expresión de la eternidad de Dios.
Que cada cosa, excepto Dios, tiene un comienzo es una doctrina de revelación: "En el principio crió Dios los cielos y la tierra" (Génesis 1:1). La filosofía no puede contradecir ésta doctrina, y puede ser que no la puede demostrár plenamente. Pero hay manifestaciones de designio, aún en la materia inorganizada, en las clases y cantidades que existen, y los usos á los cuales son adaptados. Si la materia es eterna, o una producción de suerte, ¿por qué no es toda de una clase?, y, ¿por qué son las clases de ella, y las cantidades proporcionadas de cada una, tan aparentemente de designio? La revelación contesta ésto por la declaración, "¡Cuán muchas son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría" (Salmo 104:24).
En comtemplar a Dios como la Primera Causa, consideramos su existencia sin causa. Al mirar atrás por la duración pasada hasta hallar una existencia sin comienzo, así miramos atrás por la cadena larga de efecto y causa hasta cuando hallamos una existencia que es sin causa. Como quiera que sea, en veces la concepción es investido con el lenguaje que no tiene meramente un sentido negativo. No satisfechos con la idéa meramente negativa, sin causa, hombres eruditos laboran para asignar una causa por la existencia de Dios, y la representan como la causa de sí misma, o como incluyendo la causa dentro de sí misma. Esto lo expresan en decir que Dios es auto-existente. Este modo de expresión acomoda nuestra inclinación para filosofar; pero quizas comunica ninguna otra idéa inteligible, de que la existencia de Dios es sin causa.
Otra expresión filosófica, Dios necesariamente existe, parece de poseer algun sentido profundo; pero cuando laboramos en explorar sus profundidades, quizas hallaremos en ella ninguna otra idéa inteligible, de que Dios existe, y siempre ha existido. Su existencia siempre ha hecho de no existir imposible, porque es imposible por cualquier cosa de ser, y no ser, al mismo tiempo. Si la filosofía se va detrás de la existencia de Dios en busca de una causa obligando su ser, se ha desviado fuera de su propia provincia. La podremos permitir en trazar la relación de causa e efecto, tan lejos que esa relación ha de ser hallada; pero cuando llegue a la existencia sin causa del Eterno, le debemos de decir, hasta aquí , y no más.
La eternidad de Dios ha sido definada, como la existencia sin comienzo, sin fin, y sin sucesión. El tiempo con nosotros es pasado, presente, y futuro; pero la existencia de Dios es creído en ser un perpetuo ahora. El tema es más allá de nuestra comprensión; pero es muy razonable en concluír que el modo de la existencia de Dios difiere de la nuestra, como respecto al tiempo, tan bien como el espacio; y que como él existe igualmente en cada punto del espacio, sin división de su inmensidad, así él existe igualmente en cada momento de tiempo, sin división de su eternidad. Posiblemente esto puede ser intimado en la frase de la Escritura, "el que habita la eternidad" (Isaías 57:15). Nosotros moramos en el tiempo, una morada con sus varios apartamentos; y pasamos de uno al otro en orden; pero la morada de Dios es una eternidad indivisible. Nuestra vida tiene sus partes, la niñez, la juventud, la virilidad, y la vejez; pero la vida de Dios es tan indivisible como su esencia.
DIOS ES INMUTABLE.
"Dios no es hombre, para que mienta; Ni hijo de hombre para que se arrepienta: El dijo, ¿y no hará?; Habló, ¿y no lo ejecutará?" (Números 23:19); "Mas tú eres el mismo, Y tus años no se acabarán" (Salmo 102:27); "Porque yo Jehová, no me mudo" (Malaquías 3:6); "Y como un vestido los envolverás, y serán mudados; Empero tú eres el mismo, Y tus años no acabarán...Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" (Hebreos 1:12; 13:8); "el Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación" (Santiago 1:17).
La doctrina de la eternidad de Dios, y esa de su inmutabilidad, son poco más o menos unidas unas a otra; y si su eternidad excluye sucesión, también ha de excluír la posibilidad de cambio. La inmutabilidad no solo es aplicada s su esencia, pero también a sus atributos. Su espiritualidad es siempre lo mismo, su omnipresencia lo mismo, y así de lo demás. Su propósito también es inmutable; es llamado su "determinación eterna" (Efesios 3:11). Él dice: "Mi consejo permanecerá" (Isaías 46:10). Es dicho de él, en la Escritura, de arrepentírse; pero en el mismo capítulo en donde dos veces se dice que Dios se arrepiente, es también declarado: "No es hombre para que se arrepienta" (1 Samuel 15:29). No podemos en suponer que el escritor sagrado intentó palpablemente en contradecirse a si mismo en el compás de unos pocos versículos. En acomodación a nuestros modos de hablar, es dicho que Dios se arrepiente cuando efecta tal cambio en su obra como si, en acciones humanas, proceden del arrepentimiento. El arrepentimiento en los hombres, implican un pesar de mente, y un cambio de obrar. Lo anterior es inconsistente con la perfección de Dios, pero el posterior no lo es. En destruír el mundo por el diluvio, no más implica un cambio en Dios que en crearlo en el principio. Cada hecho efectó un gran cambio, pero en ambos Dios permanece sin cambiar. Ningún otro lenguaje puede tan expresivamente representar el aborrecimiento de Dios de la impiedad del hombre en ser la causa del diluvio, como aquella usada por el historiador sagrado: "Y arrepintióse Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y pesóle en su corazón" (Génesis 6:6).
Cuando comtemplamos la brevedad de la vida humana, y el cambio incesante de todo con las cuales tenemos que ver en la tierra, y de nosotros mismos, al pasar de la cuna a la sepultura, bien podíamos exclamar, al mirar hacía al Dios inmutable e eterno, "Señor, ¿qué es el hombre, que tienes cuenta de él?" Un sentido de nuestra nadería comparativo es eminentemente conducivo a la humildad. Una vista de la inmutabilidad e eternidad de Dios es necesaria para el ejercicio debido de la confianza en él. Es necedad de confiar en riquezas inciertas, y en las cosas que perecen en el uso de ellos; pero sabiamente ponemos nuestras confianza en el Dios viviente. Los hombres con los cuales conversamos se están pasando; la condición de la vida está cambiando perpetuamente; somos en todas nuestras relaciones a las cosas terrenales como si estuvieramos en el superficie de un oceano inquieto; pero Dios es como un roca en medio de las aguas fluctuantes; y mientras reposamos una confianza inmovible en él, nuestras pies se paran firmamente, y podemos ver sin desmayo la escena turbada alrededor de nosotros. Los hombres de edad reciben nuestra reverencia, y los consejos de su larga experiencia son apreciados altamente. ¿Quién no reverenciará el Anciano de Días, el Dios eterno?; y, ¿quién rechazará el consejo de Aquél, cuyas "salidas son desde el principio, desde los días del siglo" (Miqueas 5:2)?
La inmutabilidad de Dios ha sido hecha un pretexto por restriñir la oración delante de él; pero esto es mal. Aún si el dar o de detener de las bendiciones deseadas no eran afectadas por la oración, todavía queda suficiente razón para perseverar en ofreciendo la petición. El sentimiento devocional es aceptable por Dios, y de buena gana para el alma. Si la oración no trae a Dios al alma, a lo menos, traerá el alma a Dios. Un hombre en un barco en peligrosas aguas puede ser salvo por medio de un mecate que se le tira de la orilla. Cuando estira, aunque la roca en la cual un lado del mecate está marrado no viene al barco, el barco viene a la roca. Así la oración trae el alma a Dios.
Pero no es cierto, que el dar o el detener de la bendición deseada no es afectada por la petición presentada. Aunque Dios es inmutable, su operación muda en su efecto sobre sus criaturas, según a las circunstancias y el carácter variada de ellos. El mismo sol endurece el barro, y suaviza la cera. Adán estaba en el favor de Dios antes que él pecó; pero después estaba debajo de su disgusto. Cuando un hombre es convertido, es removido de debajo de la ira de Dios a un estado de favor con él, y todas las cosas ahora obran juntamente para su bien. En todo esto, Dios no muda. En tiempos pasados, Dios ha derramado bendiciones en contestación a la oración, y su inmutabilidad anima a la esperanza que lo hará en el tiempo venidero. Su plan entero ha sido de tal arreglado en su sabiduría infinita, que muchas de sus bendiciones serán derramadas solo en respuesta a la oración. La conexión entre la oración y el derramamiento de la bendición es tan fija por el decreto divino como aquél entre la causa y el efecto de las cosas naturales. Por lo tanto, la inmutabilidad de Dios, en vez de ser una razón para detener la oración, hace la oración indispensable; porque nuestras peticiones débiles tienen su efecto con Dios, según su propósito inmutable; y en negar la posibilidad de esto, es en negar la eficacia de la intercesión de Cristo.
(Continuár con Sección V. - La Omnisciencia
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