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INTRODUCCIÓN

EL DEBER DE DELEITARSE EN LA VOLUNTAD Y LAS OBRAS DE DIOS: "Pon asimismo tu delicia en Jehová" (Salmo 37:4); "El hacer tu voluntad, Dios mío, hame agradado" (Salmo 40:8); "Y deleitaréme en tus mandamientos, Que he amado" (Salmo 119:47); "Y publiquen sus obras con júbilo" (Salmo 119:22); "Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios" (Romanos 7:22).

    Si alguno supone que la religión consiste meramente de abnegación y de austeridades dolorosas, y que esta lleno de tristeza y melancolía, a la exclusión de toda felicidad, tal persona equivoca grandemente su carácter verdadero. Falsas religiones, y vistas falsas de la religión verdadera, podrán ser responsables de esta carga; pero la religión que tiene a Dios por su autor, y la cual lleva el alma a Dios, esta llena de paz y gozo. Ella nos hace alegres entre las pruebas de la vida, contentos con todos los repartimientos de la Providencia Divina, felices en los ejercicios de piedad y devoción, y gozosos en la esperanza de una felicidad sin fin. En prospecto el cielo esta cercas; y, mientras en el camino a ese mundo de bienaventuranza eterna y perfecta, somo permitidos, en alguna medida, de anticipar sus goces, siendo, aún aquí, bendicidos con toda bendición espiritual en los celestiales en Cristo Jesús (Efesios 1:3, "Bendito el Dios y Padre del Señor nuestro Jesucristo, el cual nos bendijo con toda bendición espiritual en lugares celestiales en Cristo"). Somos capacitados, no solo en perseguir nuestra peregrinación a la buena tierra con contentamiento y alegría, pero aun de "pon(er) asimismo (nuestra) delicia en Jehová" (Salmo 37:4). Nuestra felicidad no es meramente la ausencia de tristeza y dolor, pero es un deleite positivo.

    El deleite que asiste otros ejercicios religiosos ha de ser sentido en la investigación de la verdad religiosa, y ha de estimular a la diligencia y perseverancia. La verdad Divina no solo es santificadora, sino también beatificante. Para los santos de antepasado era más dulce que la miel y el panal ("Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; Y dulces más que miel, y que la que destila del panal" - Salmo 19:10); y los cristianos primitivos, en "creyendo" la verdad como es en Jesús ("como la verdad está en Jesús" - Efesios 4:21), "os alegr(aban) con gozo inefable y glorificado" (1 Pedro 1:8). Si amamos la verdad como debemos, debemos de experienciar igual deleite en recibirla; y la investigación cuidadosa de ella sería un manantial de un placer pura y permanente. No sería sufficiente en emplear nuestros poderes intelectuales en la discusión de preguntas perplejas que pertenecen a la religión, sino que hemos de hallar un banquete rico en la verdad que puede ser conocida y leída por todos. Aquel quien tolera sus dudas escépticas, y se sufre a sí mismo en ser detenido por preguntas de no valor, es como aquel quien, cuando un banquete abunadante esta delante de él, en vez de gustarse de la comida ofrecida, se emplea en examinar una falta suponida en el plato en el cual es servida. Las verdades gloriosas que son reveladas claramenate tocante a Dios, y de las cosas de Dios, son suficientes para capacitar a todos en deleitarse en el Señor.

    Hemos antes visto que el amor a Dios reposa en la fundación de la religión verdadera. El amor, considerado como simple benevolencia, tiene por su objecto la producción de felicidad, y no en recibirla. Pero, por el arrelgo sabio de la bondad infinita, el producir de la felicidad bendice al que dá como también al que recibe. Es aún "más bienaventurada cosa...dar que recibir" (Hechos 20:35). Pero cuando Dios es el objecto de nuestro amor, ya que no podemos aumentar Su felicidad, nos deleitamos en ello como ya perfecto; y todo el fluír de nuestro amor a Él, hallando la medida de Su felicidad eterna ya plena, se regresa sobre nosotros, llenandonos también con la plenitud de Dios. Dios es amor; y en amar a Dios con todo el corazón es en tener el corazón lleno, a la medida plena de su capacidad, con la felicidad de la natruraleza Divina. Esta es la plenitud del deleita.

    En la existencia y en los atributos de Dios una fundación suficiente es puesta para la demanda de amor supremo a Él; pero, para el ejercicio activo del afecto santo, Dios tiene que ser visto no meramente como existiendo, sino como actuando. Para producir delelite en Él, Sus perfecciones tiene que ser manifestados. De modo que nos gozamos de los objectos de nuestro amor terrenal por la presencia de ellos con nosotros, y el despliegue de aquellas calidades que atraé nuestros corazones. El cielo esta lleno de la felicidad, porque sus habitantes no solo aman a Dios, pero ven las manifestaciones plenas de Su gloria. Para gozar de Dios en la tierra, tenemos que contemplarle en tales manifestaciones de Sí mismo como le ha agrado de hacer a nosotros quienes moramos a Su escabelo. Esto lo podemos discubrir en las declaraciones de Su voluntad, y en Sus obras, cuales son la ejecución de Su voluntad. En una contemplación de estos, el corazón pío halla un manantial de puro deleite elevado.

    Cuando el Hijo de Dios consintió en aparecer en la naturaleza humana para la salvación del hombre, Él dijo, "El hacer tu voluntad, Dios mío, hame agradado" (Salmo 40:8). Si el mismo pensamiento estuviera en nosotros que estaba en Cristo Jesús, nosotros también, nos deleitaríamos en la voluntad de Dios. Pudieramos decir con David, "Y deleitaréme en tus mandamientos, Que he amado" (Salmo 119:47); y con Pablo, "Me deleito en la ley de Dios" (Romanos 7:22). Debemos de rendir obediencia a cada precepto, no repugnantemente, sino alegremente; y no solo alegremente, sino con gozo y deleite. Sería para nsosotros comida y bebida en hacer la voluntad de Dios, como era para nuestro bendito Señor. Nuestro goce religioso no consistiría meramente en recibir bien de Dios, sino en rendir el servicio activo a Él; así como los espíritus felices delante de Su trono, qiuenes sirven a Dios día y noche, y se deleitan en Su servicio. No solo debemos de deleitarnos en rendir el servicio personal a nuestro Soberano, pero debemos de desear que Su voluntad se hecha por todos los demás, y hemos de regocijarnos en Su dominio universal. "Jehová reinó: regocíjese la tierra" (Salmo 97:1).

    Así como los santos primitivos se deleitaban en la voluntad y en el gobierno de Dios, también se deleitaban en Sus  obras. Ellos veían en ellas las manifestaciones de Su sabiduría, poder, y bondad; y ellos se deleitaban en meditar en ellas. Su gloria, desplegada en los cielos, y Su obra manual, visible en la tierra, contemplaban con un placer santo. Se regocijaban en acordarse, "El nos hizo, y no nosotros á nosotros mismos" (Salmo 100:3); y, en acercarse á Él con un culto religioso, estaban acostumbrados en dirigirse á Él como el Creador de todas las cosas: "Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, la mar, y todo lo que en ellos hay" (Hechos 4:24).

    La bondad desplegada en las obras de Dios despierta una gratitud en el hombre pío. Mientras se goza del don, él reconoce la mano que la derramó; y cada bendición es rendida más querida, porque es conferida por Aquél a quien ama supremamente. Él vé en la creación un almacén vasta de goces, y bendice el Autor de ello. Él recibe de la providencia de Dios los beneficios inumerables que son cada día derramadas, y bendice al Derramador benigno. Dios está en cada misericordia, y su corazón, en gozarse de ellas, fluye siempre hacia á Dios, con acciones de gracia y una alabanza incesante.

     La prueba de nuestro deleite en Dios es experienciado cuando viene la aflicción. El hombre pío siente que esto, también, viene de la mano de Dios. Así pensaban todos los santos, cuyos ejercicios religiosos la Biblia nos dá una cuenta. Sé encorvaban bajo de la aflicción en el espíritu de resignación a Dios, como el autor de la aflicción. Así Job, "Jehová dió, y Jehová quitó: sea el nombre de Jehová bendito" (Job 1 :21). Así David, "Enmudecí, no abrí mi boca; Porque tú lo hiciste" (Salmo 39:9). Así Elí, "Jehová es; haga lo que bien le pareciere" (1 Samuel 3:18). Así los compañeros de Pablo, "Y como no le pudimos persuadir, desistimos, diciendo: Hágase la voluntad del Señor" (Hechos 21:14). Los santos primitivos creían en una Providencia gobernadora, y ellos recibían todas las aflicciones como ordenadas por Él, en cada particular; y sobre esta fe la resignación era fundada por la cual la piedad eminente de ellos era distinguida. Á la carne, la aflicción no era gozosa, sino penosa, y, por lo tanto, no se podían deleitar en ella, cuando considerada de sí misma; pero, cuando soportándola con una angustia muy afilada, todavía podían decir con Job, "Sea el nombre de Jehová bendito" (1:21). Ellos creían firmemente que la dispensación era ordenada benignamente y sabiamente, y que Dios sacaría el bien del mal; y, aunque eran oprimidos con el padecimiento, y al presente llenos con una tristeza, todavía confiaban en Dios; y el deleite en Él aliviaba la miseria, y se mezclaba con sus tristezas.

     Deja que el amor a Dios arde en nuestros corazones mientras contemplamos Su existencia y Sus atributos. Deja que el deleite en Él se levante al más alto rapto de la cual las mentes terrenales son  susceptibles, mientras estudiamos Su voluntad y Sus obras. La obra sublime de la redención, especialmente a la cual los ángeles deseban de ver, y cual es el tema principal del canto de los glorificados, es adaptado para producir una éxtasis más alta, pero aún los temas de la creación y la providencia podrá llenarnos con deleite, si nos acercamos a ellas como debemos. Cuando los fundamentos de la tierra fueron sentados, cantaban juntos los luceros de la mañana, y todos los hijos de Dios gritaban con gozo; y ahora los ángeles se deleitan en ser los ministros de la providencia de Dios. Así que, nosotros con la misma devoción al Dios Todopoderoso, vamos a deleitarnos en Su voluntad y en Sus obras.

Continuar con Capítulo I - La Voluntad De Dios

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